La gran lección
Confieso que no soy gran seguidor de los deportes. Los juegos televisados de
futbol soccer comienzan a llamar mi atención cuando comienza la liguilla y los
de americano cuando se acerca la fecha del Super Bowl, el cual suelo disfrutar
más como un pretexto para prender el asador y convivir con familia y amigos,
que por una genuina pasión deportiva.
Por el contrario, me interesan mucho las estadísticas que se generan en
eventos como ese, convertido en un gran laboratorio para el análisis de
acontecimientos económicos. Por ejemplo, saber que el minuto de tiempo aire
de comerciales se comercializó en 14 millones de dólares nos da una cifra del
máximo dispuesto a pagar por las empresas en campañas publicitarias; o
conocer que ese día los norteamericanos consumen el 15% de las
importaciones anuales de aguacate procedente de México, algo así como 130
mil toneladas, nos da una idea del potencial económico de esa fruta conocida
ya como el oro verde.
Este año lo que más llamó mi atención no fue algún fenómeno económico o
algún récord generado. Fue la actitud de uno de lo corredores de los Jefes de
Kansas. El partido había estado inusualmente parejo y reñido. Después de una
jugada de conversión, faltando 5 minutos para el final del juego, las Águilas
empataron a 35 puntos.
Ya cerca del área de anotación, Jerick McKinnon, corredor de los Jefes, recibió
el balón de manos del mariscal de campo, el célebre Patrick Mahomes, para
escabullirse entre la defensiva enemiga. Pero cuando estaba a punto de
anotar, con el camino completamente libre para hacerlo, sucedió algo insólito
que no entendí de momento: se tiró al suelo una yarda antes de llegar a la
meta.
Después comprendí la estrategia. Al reloj todavía le quedaba más de un minuto
y si hubiera anotado en ese momento, el equipo adversario hubiera tenido
tiempo suficiente para contratacar y anotar. Tenían el número de jugadas
necesarias para agotar el tiempo hasta dejarlo con escasos segundos,
insuficientes para una contraofensiva, y luego tratar de meter un gol de
campo, que a esa distancia sería pan comido para un pateador tan
experimentado como Harrison Butker.
Jerick McKinnon renunció a la gloria personal en aras de un bien mayor. Eso se
llama trabajo en equipo. Pudo haber anotado y pasar a la historia, pero hubiera
puesto en riesgo el campeonato de todos. Prefirió cederle el honor de
conseguir los puntos para el triunfo a alguien más y así aumentar radicalmente
las probabilidades de conseguirlo. Si todos siguiéramos el ejemplo de Jerick
McKinnon, no solo en la cancha sino en la vida, el mundo sería un lugar más
amable y justo para todos. Gran lección la que aprendimos el domingo.
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