LA ELECCIÓN
 Las travesías de la Morenita
Opinión. Enrique Martínez y Morales.

Las travesías de la Morenita

Por: Editor 11 diciembre, 2022

No cabe duda de que el símbolo nacional por excelencia es la Virgen de

Guadalupe. En mi casa es más que evidente: tres de los cuatro abuelos de mis

hijos llevan ese nombre. Su divina figura no solo nos representa en todo el

mundo, sino que ha establecido su presencia en algunos de los templos más

emblemáticos de la cristiandad como la Basílica de San Pedro en Roma, la

Catedral de San Patricio en Nueva York o la de Notre-Dame de París.

Desde los tiempos de su aparición a Juan Diego en el cerro del Tepeyac en

1531 la Morenita ha sufrido una serie de embestidas que ha logrado sortear

con éxito. La falta de documentación sobre el suceso durante el primer siglo

posterior a esa fecha ha dado pie a suspicacias.

Un flanco de ataque proviene de los incrédulos, específicamente quienes

sostienen, como Fray Servando Teresa de Mier o Padre Mier, que la aparición

de la Guadalupana no es más que una fábula utilizada por los conquistadores

para sustituir la divinidad nativa de Tonantzin y poder así migrar sutilmente del

paganismo al catolicismo.

Literatos de la talla de Ignacio Manuel Altamirano han señalado que, en

Extremadura, patria de Hernán Cortés, se veneraba a una virgen homónima

aparecida dos siglos antes a un pastor de Cáceres y que las imágenes

mantienen algunas semejanzas. El conquistador regaló uno de esos

estandartes al capitán de los tlaxcaltecas en la segunda expedición contra

Moctezuma, por lo que el célebre político, escritor y poeta del siglo antepasado

sugiere su posible importación.

La propia Iglesia Católica en un principio la miró con escepticismo. Y no solo el

obispo Zumárraga, quien dudó en primera instancia del dicho de Juan Diego,

sino el papado y la curia romana que tardaron más de dos siglos en

reconocerla y otorgarle la concesión de oficio, previa verificación de su

actividad milagrosa.

Pero el reconocimiento pontificio no le significaría tranquilidad, al contrario. El

cura Hidalgo tuvo a bien tomarla como estandarte al iniciar su luchar por la

independencia al grito de “Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los

gachupines”. Al consumarse esta, la primera acción de Iturbide al formalizar su

imperio fue instituir la Orden de Guadalupe. Al caer éste, el primer presidente

de México hizo algo similar pero más atrevido: se cambió el nombre: de Félix

Fernández a Guadalupe Victoria.

Ya en época de la Reforma, Juárez anuló las fiestas religiosas y confiscó los

bienes al clero, salvo las del 12 de diciembre y todo lo relacionado con la

Virgen de Guadalupe. De hecho, uno de los fuertes en Puebla que cubrieron de

gloria a nuestro ejército contra los franceses aquel 5 de mayo de 1862 llevaba

ese nombre. Luego Zapata la sacaría nuevamente a luchar en la Revolución y

sería asediada hasta el cansancio durante la Guerra Cristera.

Incluso la ciencia ha tratado infructuosamente de explicar la perfección de la

pintura en el ayate. Ni siquiera el terrorista que hace un siglo colocó un

explosivo pudo hacerle daño. Mucho ha sido atacada nuestra Morenita, pero

después de casi 500 años aquí sigue siendo parte fundamental de nuestra

historia, el objeto de la devoción y el cariño, el factor de unión y la madre de

todos los mexicanos.

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