LA ELECCIÓN
 El jinete y el caballo
Opinión. Enrique Martínez y Morales.

El jinete y el caballo

Por: Redacción 18 diciembre, 2023

Son miles de decisiones las que tomamos en nuestras vidas, las que guían

nuestras acciones y con el tiempo forjan nuestra personalidad. En cada una de

ellas regularmente existe el conflicto interno si debemos dejarnos llevar por los

impulsos emocionales o escuchar la voz que nos ofrece la razón del

pensamiento. Como en todo, los extremos son malos y debemos encontrar un

punto de equilibrio.

Los griegos antiguos utilizaban una metáfora para explicar lo importante de

este balance: la del jinete y el caballo.

El caballo representa nuestra naturaleza emocional, inquieta y briosa, que

siempre se mueve y nos mueve. Sin embargo, sin un buen jinete que lo guíe no

llega a ninguna parte. Es salvaje y tiende a meterse en problemas.

El jinete es nuestra parte pensante y racional. Es el cerebro que da rumbo y

dirección. Con entrenamiento y práctica el jinete transforma la poderosa

energía de su corcel en algo productivo, con sentido.

El uno no sirve sin el otro. El binomio es necesario y crea sinergia. Sin jinete no

hay dirección ni propósito. Sin caballo, no hay energía ni vitalidad. Cuando el

caballo domina al jinete el recorrido es peligroso, desorientado y podría

terminar en tragedia. Cuando el jinete es muy fuerte puede jalar tanto las

riendas que impide al equino comenzar su trote. Ambos, jinete y caballo, deben

de trabajar en conjunto.

Esto quiere decir que debemos planear el futuro, pensar con detenimiento

nuestras acciones y sus posibles consecuencias. Pero una vez que tomemos

una decisión, debemos soltar las riendas del caballo, guiándolo con precisión,

viviendo la aventura y disfrutando el recorrido. Si vemos que la ruta escogida

nos lleva al precipicio siempre es buen momento para dar un golpe de timón y

corregir el camino.

La esencia de la racionalidad es precisamente esa: en lugar de ser esclavos de

la energía interna generada por nuestros impulsos y nuestros sentimientos, es

mejor canalizarla y utilizarla en nuestro beneficio y el de quienes nos rodean.

A veces confiamos de más en nuestros instintos. Es cierto que están en

nuestros genes para protegernos, pero los peligros a los que nos enfrentamos

han cambiado en los últimos siglos; a veces también son sesgados porque se

basan en información incorrecta o percepciones inexactas. La razón y la

experiencia deben entrar al quite y generar un equilibrio.

La vida no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. Debemos cuidar a

nuestro caballo y mantener feliz al jinete, en un balance permanente que nos

lleve por el camino correcto.

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